Reseña de Sueño de una noche de verano
- Taller de Investigación en Arte Teatral.
- 6 may 2025
- 3 Min. de lectura
Por Reyes Saavedra
Reseña de “Sueño de una noche de verano” en el Teatro La Estación Asistir a la obra Sueño de una noche de verano en el Teatro La Estación fue una experiencia que, al principio, me dejó confundido, pero que con el paso de los minutos fue creciendo en fuerza, color y emociones. La función logró conquistar al público a través de un despliegue actoral lleno de energía, un vestuario creativo y una propuesta escénica que, si bien tuvo algunos altibajos, terminó por consolidarse como una puesta en escena encantadora y muy divertida.
La escenografía jugó un papel clave para ambientar el mundo fantástico que propone Shakespeare. La luna gigante al fondo del escenario fue un acierto visual: no solo enmarcaba las escenas nocturnas con poesía, sino que también servía de punto de referencia para los momentos más mágicos del relato. Las telas negras y los cortinajes rojos aportaban un contraste interesante, haciendo que cada personaje resaltara con mayor intensidad. Las luces fueron cuidadosamente diseñadas y aportaron gran dinamismo a las escenas. Se notó un trabajo consciente en el uso de los colores, los contrastes y la dirección de los haces de luz, que colaboraron con la atmósfera mágica y ayudaron a marcar los diferentes mundos dentro de la obra.
En cuanto a la actuación, debo confesar que al inicio algunos personajes parecían no estar del todo conectados. Había frases que se perdían por la falta de proyección de voz o por una modulación poco clara. Sin embargo, esto se fue corrigiendo conforme avanzaba la obra. Fue interesante ver cómo los actores crecían en sus interpretaciones: se apropiaban de sus personajes, hacían más naturales sus movimientos y lograban generar una complicidad más fluida entre ellos. Uno de los momentos que más me impactó fue cuando los personajes secundarios, encargados de montar su propia obra dentro de la obra, comenzaron a ensayar: allí se desató una comedia desbordante que arrancó carcajadas sinceras en el público.
El vestuario merece un aplauso especial. Cada personaje tenía un atuendo con identidad propia, adecuado tanto al estilo clásico como a la reinterpretación moderna que la dirección proponía. Desde los overoles de parches de los artesanos hasta los trajes más elaborados de las figuras mágicas, todo parecía cuidadosamente pensado para mezclar lo lúdico con lo teatral. El maquillaje también fue efectivo: no solo servía para resaltar expresiones, sino que colaboraba en la construcción de seres mágicos, torpes o enamorados.
Uno de los aspectos que más disfruté fue la energía del elenco. A lo largo de la obra se notaba el compromiso del elenco con la historia y con el público. La energía en escena fue creciendo y terminó contagiando a todos los presentes. Hubo momentos en que la risa colectiva llenaba la sala, y eso solo se consigue cuando hay entrega genuina y conexión entre actores y espectadores. El público se mantuvo atento durante toda la función, reaccionando con risas y entusiasmo ante cada situación cómica y cada enredo de la trama. Como en toda función en vivo, hubo detalles que pueden seguir puliéndose, especialmente en la claridad de algunas frases o en la transición entre ciertas escenas. Pero estos aspectos no restaron valor al resultado general. La obra logró su objetivo: entretener, provocar emoción y hacer vivir al público una noche mágica en el teatro.




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